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miércoles, 9 de julio de 2008

EL DON DE VOLAR

Ex Cadete FAP Jesús Torriani Vargas


Estoy leyendo nuevamente este hermoso libro de Richard Bach, a quien agradezco por el título de estas líneas y, cuando descubro en cada línea el profundo espíritu aeronáutico que lo anima y que comparto, recuerdo mis días de vida y, sobre todo, el día exacto de mi muerte.

Ya han pasado 17 años desde el último día que estuve al mando de una aeronave, una Piper Cherokee PA-28-140B, en el Festival Aeronáutico de 1991, en el aeródromo de Collique, ese maravilloso lugar que la demagogia y la antipatria están por destruir.
Ese día, muy temprano, desconecté el cargador de mi radiotransmisor (al que, cariñosamente, llamaba “Handy”), que siempre me acompañaba desde el día en que, al despegar en formación, llevando al camarógrafo, para grabar escenas de un video promocional del Aeroclub, la radio de la aeronave se deslizó de su sitio y se desconectó. El video registró las múltiples veces que mi angustiada mano derecha trató de colocarlo nuevamente en su lugar. Lo primero que hice, al aterrizar, fue adquirir, adoptar a Handy y convertirlo en mi inseparable compañero, junto con el reloj Citizen, con altímetro, que, a su vez, tiene su propia historia...

Apenas llegué a Collique, nos organizamos para pasear a la inmensa cantidad de gente que ya, a esa hora estaba llegando, dispuesta a pasar un día de aventura y distracción. A la hora indicada, abordé la Piper de matrícula OB -I – 881; me di cuenta que no contaba con micro, lo que no me importó, pues Handy siempre se portaba bien. De pronto, el jefe de pilotos se me acerca y me pide que le preste a Handy para el piloto de otra aeronave, que iba a salir como guía, que yo prenda la radio y escuche las comunicaciones...no me gustó la idea, pero acepté.

Subieron 4 personas, una familia. Iniciamos el taxeo hacia la cabecera de pista; una vez allí, me coloqué al lado derecho de la pista, mientras el guía se colocaba a la izquierda, unos diez metros adelante. Al ver que iniciaba la carrera de despegue, solté los frenos y comencé a acelerar, manteniendo mi distancia; apenas dejamos el suelo e iniciábamos el ascenso, la nave guía se deslizó hacia la derecha y se colocó exactamente al frente mío; en ese instante ocurrieron dos cosas simultáneamente: mi nave se inclinó hacia la derecha bruscamente y yo me salí de la escena y comencé a ver todo como en una película: la tierra que se acercaba, abajo, muy cerca, el público, mis pasajeros que hacían adiós a sus amistades, a lo lejos una voz que me pedía, me ordenaba, me suplicaba que nivele, que vire, que me aleje del edificio de EDACI y de la Torre de Control...no sé cuánto tiempo después, sentí que tenía algo en la manos y reparé que eran los controles de la Piper, giré el timón, pateé el pedal izquierdo y pasamos realmente muy cerca del edificio; la torre me indicó que me mantenga alejado de la otra aeronave ... continué el tráfico y, luego de un horrible aterrizaje, llegué a la rampa, me bajé del avión y pedí cambio de piloto. Fui a la cafetería, tomé una gaseosa, descansé un rato y sentí que tenía que volar de inmediato.

Me dirigí a la línea y pedí volar; me dijeron que esta vez lo haga “sin show”. Con un nuevo grupo, realicé un tráfico normal, un aterrizaje de los que me gustaba hacer siempre y, luego de que los pasajeros se despidieran muy contentos y, antes que aborde un nuevo grupo, abandoné la nave y pedí reemplazo ... me dirigí hacia el estacionamiento y, mientras caminaba, comencé a sentir miedo de manejar, sensación que fue creciendo, al punto que busqué un amigo para que me lleve a mi casa ... pocos días después fui internado en una clínica con “agudo cansancio mental y físico”; me prescribieron un largo período de descanso total, sin trabajo, sin volar, sin manejar auto, sin disparar (era integrante del equipo de fusil del Club “Barranco 1”) y, desde ese momento, en la cama de esa clínica, en medio de agujas, suero, mangueritas y cables, mi yo-piloto quedó prisionero dentro de un cuerpo que fue ocupado tiempo después por un empresario-luego-profesor universitario y, hasta hoy, pugna por liberarse, por sentarse nuevamente frente a los controles de una aeronave, solicitar autorización para despegar, soltar los frenos, presionar el acelerador y ¡volver a vivir!

1 comentario:

jat dijo...

El Don de Volar, elocuente y hermoso artículo que engalana nuestra página.
Torriani, cuando vuelvas a volar, permíteme estar al ala, maniobrando un pasaje por Las Palmas, jalando gravedades rumbo al infinito.