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domingo, 7 de diciembre de 2014

Recibí por correo electrónico este interesante artículo. Lo publico tal y como lo recibí:
 
James Wilson y George Kelling: "La teoría de las ventanas rotas”
 
En 1969, en la Universidad de Stanford (EEUU), el Prof. Philip Zimbardo realizó un experimento de psicología social. Dejó dos autos abandonados en la calle, dos autos idénticos, la misma marca, modelo y hasta color. Uno lo dejó en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York y el otro en Palo Alto, una zona rica y tranquila de California. Dos autos idénticos abandonados, dos barrios con poblaciones muy diferentes y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente en cada sitio.
 
Resultó que el auto abandonado en el Bronx comenzó a ser vandalizado en pocas horas. Perdió las llantas, el motor, los espejos, el radio, etc. Todo lo aprovechable se lo llevaron, y lo que no, lo destruyeron. En cambio el auto abandonado en Palo Alto se mantuvo intacto.
 
Es común atribuir a la pobreza las causas del delito. Atribución en la que coinciden las posiciones ideológicas más conservadoras, (de derecha y de izquierda).

 Sin embargo, el experimento en cuestión no finalizó ahí, cuando el auto abandonado en el Bronx ya estaba deshecho y el de Palo Alto llevaba una semana impecable,

los investigadores decidieron romper un vidrio del automóvil de Palo Alto, California. El resultado fue que se desató el mismo proceso que en el Bronx de Nueva York y el robo, la violencia y el vandalismo redujeron el vehículo al mismo estado que el del barrio pobre.
 
¿Por qué el vidrio roto en el auto abandonado en un vecindario supuestamente seguro es capaz de disparar todo un proceso delictivo?
 
No se trata de pobreza. Evidentemente es algo que tiene que ver con la psicología, el comportamiento humano y con las relaciones sociales.
Un vidrio roto en un auto abandonado transmite una idea de deterioro, de desinterés, de despreocupación que va rompiendo códigos de convivencia, como de ausencia de ley, de normas, de reglas, como que todo vale nada. Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada de actos, cada vez peores, se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional.
 
En experimentos posteriores (James Q. Wilson y George Kelling) desarrollaron la 'teoría de las ventanas rotas', misma que desde un punto de vista criminológico concluye que el delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores.
 
Si se rompe un vidrio de una ventana de un edificio y nadie lo repara, pronto estarán rotos todos los demás. Si una comunidad exhibe signos de deterioro, y esto es algo que parece no importarle a nadie, entonces allí se generará el delito. Si se cometen 'esas pequeñas faltas' como estacionarse en lugar prohibido, exceder el límite de velocidad o pasarse una luz roja y estas pequeñas faltas no son sancionadas, entonces comenzarán a desarrollarse faltas mayores y luego delitos cada vez más graves.
 
Si los parques y otros espacios públicos son deteriorados progresivamente y nadie toma acciones al respecto, estos lugares serán abandonados por la mayoría de la gente (que deja de salir de sus casas por temor a las pandillas),  y esos mismos espacios abandonados por la gente, serán progresivamente ocupados por los delincuentes.
La respuesta de los estudiosos fue más contundente aun, indicando que; ante el descuido y el desorden crecen muchos males sociales y se degenera el entorno.
 
Tan solo vea un ejemplo en casa, si un padre de familia deja que su casa tenga algunos desperfectos, como falta de pintura de las paredes en mal estado, malos hábitos de limpieza, malos hábitos alimenticios, malas palabras, falta de respeto entre los miembros del núcleo familiar, etc., etc., etc., entonces poco a poco se caerá en un descuido de las relaciones interpersonales de los familiares y comenzarán a crear malas relaciones con la sociedad en general y quizá algún día llegarán a caer  en prisión.
 
Esa puede ser una hipótesis de la descomposición de la sociedad, la falta de apego a los valores universales, la falta de respeto de la sociedad entre sí, y hacia las autoridades (extorsión y soborno) y viceversa, la corrupción en todos los niveles, la falta de educación y formación de cultura urbana, la falta de oportunidades ha generado un país con ventanas rotas, con muchas ventanas rotas y nadie parece estar dispuesto a repararlas.
 
La teoría de las ventanas rotas fue  aplicada por primera vez a mediados de la década de los 80 en el metro de Nueva York, el cual se había convertido en el punto más peligroso de la ciudad. Se comenzó por combatir las pequeñas transgresiones: graffitis deteriorando el  lugar, suciedad de las estaciones, ebriedad entre el público, evasiones del pago del pasaje, pequeños robos y desórdenes. Los resultados fueron evidentes..
Comenzando por lo pequeño se logró hacer del metro un lugar seguro.

 
Posteriormente, en 1994, Rudolph Giuliani, alcalde de Nueva York, basado en la teoría de las ventanas rotas y en la experiencia del metro, impulsó una política de 'tolerancia cero'.
La estrategia consistía en crear  comunidades limpias y ordenadas, no permitiendo transgresiones a la ley y a las normas de convivencia urbana.

El resultado práctico fue un enorme abatimiento de todos los índices criminales de la ciudad de Nueva York.

La expresión 'tolerancia cero' suena a una especie de solución autoritaria y represiva, pero su concepto principal es más bien la prevención y  promoción de condiciones sociales de seguridad.
No se trata de linchar al  delincuente, ni de la prepotencia de la policía; de hecho, respecto de los  abusos de autoridad, debe también aplicarse la tolerancia cero.
No es  tolerancia cero frente a la persona que comete el delito, sino tolerancia cero frente al delito mismo.

Se trata de crear comunidades limpias, ordenadas, respetuosas de la ley y de los códigos básicos de la convivencia social humana.

Comandante. Julio César Del Carpio 
Visita mi Pagina: http://www.trincheradepatriotas.com/


martes, 24 de junio de 2014

FIESTA DE SAN JUAN ¡CÓMO PASA EL TIEMPO!

Un día como hoy, Fiesta de San Juan, en 1966, 4 Aspirantes a Cadetes de la EOFAP, Rolando Magni, Ramú Montoya, Luis Ramirez y yo, nos dirigimos, a la hora de deportes, al Gimnasio de la Escuela, para encontrarnos con nuestros instructores de Esgrima, el Mayor EP Velarde y el Capitán EP Castro. Mientras esperábamos, Lucho Ramirez comentó que, por ser la fiesta de San Juan, en su casa, de seguro, habrían ricos Juanes de arroz con gallina regional, envueltos en hojas de bijao.
Los minutos pasaban y los instructores no llegaban; nos vinieron a avisar que no iban a venir, por lo que se nos ocurrió la “excelente” idea de hacer Cross Country, nada menos que por San Roque, al lado de la escuela, donde vivía Lucho Ramirez y, si era verdad lo que nos había contado, probar los deliciosos Juanes… liderados por el más antiguo del grupo, Rolando Magni, salimos por el lado de cabecera de pista, el lado de San Roque, trotamos marcialmente hasta la casa de Lucho; su mamá se sorprendió al vernos … y nos invitó grandes y realmente exquisitos Juanes …
Luego de esa “parada técnica” regresamos a la Escuela, a un ritmo mucho más lento… justo cuando llegamos a la entrada, apareció un carro … del Coronel Barandiarán, Sub-Director de la Escuela; nos saludó con la mano e ingresó …
Al momento de la siguiente formación, previa a la cena, el oficial de día, cariñosamente, gritó: “ A ver, que salten los 5 malditos que se fueron a San Roque” … como nosotros habíamos sido 4, pensé que se trataba de otro grupo y, supongo, lo mismo pensó el resto, porque nos quedamos callados; a la segunda llamada, los 4 saltamos; Rolando indicó que éramos sólo 4…  nos “invitaron” a sacarnos las correas, pasadores, etc. y que nos dirigiéramos al calabozo. Lo de quitarnos la correa, etc. era porque el reglamento indicaba que, para evitar posibles intentos de suicidio, el que llegaba al “bote” debía ser despojado de estos elementos…
El calabozo no estaba precisamente vacío… estaban allí los fusiles y bayonetas de los cadetes de  tercer año, que habían ido a Pisco a volar … allí cenamos y pasamos la noche. Alguien nos dijo que se iba a reunir el Consejo de facultad a ver si nos daban de baja… casi no dormimos, pero, gracias a Dios, todo no pasó de un susto…
Rolando Magni se graduó como Espada de Honor de la promoción y Ramú Montoya fue el primero de la promoción en ingresar al calabozo (esta fue su segunda vez) y el primero en fallecer: el 20 de enero de 1971, Ramú iba como primer oficial (copiloto) de una aeronave C-46, comandada por el capitán FAP José Ugarte, mi instructor en T-41; transportaban a personal de la Policía de Mazamari a Lima, cuando desapareció y, al día siguiente, fue encontrada destrozada, sin sobrevivientes, en el cerro “Cuty Pache”.

Hoy, envío un abrazo fraterno a Rolando y Lucho y elevo una oración por Ramú. 

jueves, 12 de junio de 2014

Batalla de Arica: Lección que muchos no han aprendido

He recibido este discurso que, por considerarlo realmente valioso, lo comparto contigo. Te invito a leerlo y meditarlo y, sobre todo, a que, si tienes la posibilidad de hacer algo para que la historia no se repita en el Perú, pues,      ¡lo hagas ya!

DISCURSO DE ORDEN DEL SEÑOR GENERAL DE DIVISIÓN  FRANCISCO ANTONIO VARGAS VACA EN LA SESIÓN SOLEMNE CON OCASIÓN DE LA BATALLA DE ARICA; ORGANIZADA POR LA BENEMERITA SOCIEDAD FUNDADORES DE LA INDEPENDENCIA, VENCEDORES DEL COMBATE DEL 2 DE MAYO DE 1866 Y DEFENSORES CALIFICADOS DE LA PATRIA

Señor General de División Carlos Alfonso Tafur Ganoza, Presidente de la Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia, Vencedores del Combate del 2 de mayo de 1866 y Defensores Calificados de la Patria.
Estimados Generales y Almirantes de la mesa de honor.
Dignas autoridades civiles y militares.
Damas y caballeros, asociados e invitados.
Señoras y Señores.

Disertar en nuestra Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia, la primera institución del Perú y América creada con fines cívico-patrióticos en 1857 y donde se exalta el glorioso pasado de nuestra patria es un marcado privilegio; pero si además de ello, haber sido designado para disertar sobre un evento tan trascendental y de tanta recordación para nuestro país, como es la batalla de Arica; entonces este privilegio se convierte en un señalado honor, que tendré presente por el resto de mi mortal existencia.
Por ello, agradezco la designación y el honor que me hace el Señor General de División Presidente de la Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia, al darme la oportunidad de disertar ante tan selecto auditorio.
Los discursos sobre la batalla de Arica, normalmente comprenden un vibrante relato de los hechos históricos, una pincelada sobre la solicitud de rendición a cargo del emisario chileno, una reflexión sobre el significado de la famosa frase del Coronel Francisco Bolognesi, una narración de la batalla, y un homenaje a los actores de esta tragedia. Pero, creo que el elevado nivel de los presentes me releva de la narración histórica y me permite hacer algunas reflexiones sobre los hechos, de manera directa.

Y es que al repasar los libros de historia que tratan sobre la epopeya de Arica, inmediatamente surgió en mi mente una primera interrogante, que me permito plantear:
¿Cómo pudimos llegar a esto? ¿Cómo pudo ser que un país tan rico en recursos y con gente con tantas excelencias, llegue a una situación tan extrema como Arica?
¿Cómo pudo suceder que un país, heredero del más grande imperio de América – el Tahuantinsuyo – y heredero de una de las pocas culturas primigenias del mundo – la cultura incaica - ; y a su vez, depositario del virreinato más poderoso de esta parte del planeta, se convierta en una República libre pero caótica, y se vea doblegada por otro país más pequeño, con menos recursos, y que sólo llegó a ser una Capitanía tutelada por nuestro virreinato?
Y es que si nos situamos en el momento en que Chile nos declara la guerra el 5 de abril de 1879, encontraremos que durante los primeros 58 años de República, estuvimos desunidos, enfrentados peruano contra peruano, y con una débil identidad nacional, donde los intereses personales y de grupo se antepusieron al interés de la nación en su conjunto, no habíamos dejamos de lado nuestras diferencias, nuestras ambiciones subalternas, perdimos más de cincuenta años en rencillas internas, el país fue un desorden; y entonces, ante una amenaza exterior, no reaccionamos unidos y no enfrentamos todos juntos la amenaza. Las diferencias entre uno y otro, nos llevó a la debacle ante la prueba de una guerra. Muchos peruanos quisieron sacar partido de la situación.
Es decir, el día que se inició la guerra, ya la habíamos perdido. Chile no nos ganó la guerra, nosotros la perdimos.
Ante la cruda posible respuesta a la primera interrogante, preguntémonos: ¿Hemos aprendido la lección de Arica?
Ahora nuestra población, civiles y militares ¿Estamos fuertemente unidos para enfrentar las amenazas extranjeras? ¿Estamos unidos para enfrentar con éxito el terrorismo y el narcotráfico internacional? En buena cuenta ¿Hemos aprendido la lección de Arica?

Dejemos ahí esta reflexión por un momento, y pasemos a una segunda interrogante, que asaltaría a cualquier lector de nuestra historia:
¿Cómo pudo suceder que después de ser vencedores en el combate del 2 de mayo de 1866, sólo catorce años más tarde, tuvimos un desastre, una hecatombe para nuestras armas en 1880?
¿Cómo pudo suceder que después de vencer en 1866 en el Callao, tengamos una derrota contundente en 1880 en Arica? ¿Qué sucedió en esos 14 años?
Y es que es particularmente importante reflexionar sobre las circunstancias que condujeron a la epopeya de Arica.
Recordemos que en el combate del Callao, más conocido como combate del 2 de mayo de 1866, el Presidente General Mariano Ignacio Prado dirigió personalmente las defensas del puerto contra la amenaza exterior, constituida por la formidable escuadra española. En ese glorioso día peleamos juntos: ecuatorianos, peruanos y chilenos, civiles y militares, gobernantes y ciudadanos; de esa unión nació la victoria.
El General Mariano Ignacio Prado gobernó hasta 1868; desde enero del 68 hasta agosto del 72, tuvimos 9 gobernantes en sólo 4 años; hasta que fue elegido el Dr. Manuel Pardo y Lavalle, el primer civil que llega a la Presidencia por elecciones, luego de más de 50 años de República; esto demuestra la falta de estabilidad política de nuestra República en esos años.
Una de las primeras disposiciones del Presidente civil Manuel Pardo y Lavalle fue reducir nuestro Ejército de Línea a 2,200 efectivos y los  distribuyó en todo el territorio para develar los 34 levantamientos que hubieron en su gobierno; así mismo, distribuyó el armamento del Ejército de Línea en la población para reforzar la Guardia Nacional, y anuló las compras de armamento y naves blindadas; además y lo más grave: firmó un Tratado Defensivo con Bolivia, país que ya tenía serios problemas políticos con Chile. Es decir degradó a su mínima expresión nuestro sistema de defensa nacional y nos puso en un grave riesgo a nivel internacional.
Así llegamos a 1876, en que el General Mariano Ignacio Prado asume nuevamente la Presidencia; el General Prado trató de recomponer el Ejército, pero el liderazgo de los jefes, la experiencia de los Oficiales, la capacidad de las Unidades no se consigue de un momento a otro; es un proceso continuo y permanente. En esa penosa situación, llegamos al 5 de abril de 1879 en que Chile nos declara la guerra; luego, de seis meses de brillante campaña marítima de nuestra Armada, en octubre capturan el Huáscar y perdemos al Almirante Grau; y con él, perdemos nuestra capacidad de actuar en el mar.
Luego, el 27 noviembre de 1879 llegaría la victoria de Tarapacá, sin embargo, después de la victoria, las tropas peruanas iniciaron una penosa retirada hacia Arica, las tropas chilenas ocuparon esta provincia. En esas circunstancias, el presidente Mariano Ignacio Prado viaja a Europa en plena guerra, en circunstancias particularmente difíciles para el país. Nicolás de Piérola se autoproclama Presidente, y el 23 de diciembre de 1879 entra a Palacio de Gobierno; su primera disposición fue relevar a gran parte de los mandos militares y colocar a "civiles pierolistas” otorgándoles el grado de coronel. Las derrotas se sucederían hasta el desastre en el Alto de la Alianza el 26 de mayo de 1880, que sería el preámbulo de la batalla de Arica.
El día de la batalla de Arica, el 7 de junio de 1880, el Presidente del Perú era el abogado Nicolás de Piérola, permanente conspirador, que vivió muchos años en Chile; y el Jefe del Ejército del Sur era el Contralmirante Lizardo Montero, prestigioso marino, que había derrotado a Piérola en uno de sus tantos levantamientos. Piérola no apoyó a Montero, no le envió refuerzos ni abastecimientos y contribuyó a la derrota del Ejército del Sur, que culminó con la tragedia de Arica. Ni siquiera por la Patria amenazada, los políticos pierolistas olvidaron sus rencillas personales con los militares.
Entonces surge inevitable la pregunta: ¿Cómo pudo ser que ante la amenaza exterior, la clase política y el Alto Mando Militar no dejen de lado sus enfrentamientos particulares, no tomen sus previsiones, no planeen, ni conduzcan las operaciones militares en conjunto, y hayan permitido que 1,700 peruanos se encuentren en tan desgraciada situación en Arica?
Nuestra historia nos dice que los políticos y los militares estaban más preocupados por sus enfrentamientos personales, por sus ambiciones de poder, conformaban dos mundos separados, que vivían de espaldas, y enfrentados unos a otros.
Y ante ello ¿Hemos aprendido la lección de Arica? ¿Tenemos ahora a una clase política y a un estamento militar debidamente unido y coherente?; los políticos ¿Respetan y apoyan adecuadamente a los militares en actividad y en retiro? Y los militares ¿Están subordinados al poder constitucional, como reza nuestra Constitución; y no están sometidos al poder civil, como muchos quisieran? En pocas palabras: Ahora ¿Tenemos una sana, adecuada y sólida relación civil militar?
Por otra parte, ahora que se han cerrado nuestras fronteras y se oyen voces de reducir a las Fuerzas Armadas a su mínima expresión, recordemos lo sucedido antes de 1879; y es que al reunir 600 hombres y vestirlos de uniforme, no se consigue un Batallón, es decir una unidad entrenada que combate en conjunto, se requiere capacitación, entrenamiento, liderazgo, confianza y tiempo; lo mismo se podría decir de la tripulación de un buque de guerra, o de la dotación de pilotos y operadores de una Base Aérea. 

Ante estas dos interrogantes, surge inmediatamente una tercera: ¿Cuál fue la causa – la profunda y verdadera causa – del desastre de Arica?
Si nos ponemos la mano al pecho, en un colectivo acto de contrición, encontraremos no una, sino varias causas del desastre: Falta de responsabilidad, imprevisión, mediocridad, incapacidad, incompetencia, desunión de la sociedad peruana, corrupción, enfrentamientos internos entre peruanos, falta de altura de estadista en la clase gobernante, y falta de preparación en el estamento militar.
En Arica no solo fue derrotado el Coronel Bolognesi, sus Oficiales y su tropa. En Arica, tampoco fue derrotado el Ejército o la Marina solamente; en Arica, fue derrotado toda la nación peruana, que no supo unirse y defenderse; fue derrotado todo el Estado Peruano, que no pudo cumplir con uno de sus deberes fundamentales, y no pudo cumplir con dar seguridad a nuestros ciudadanos y no pudo preservar nuestro patrimonio, perdiéndose inmensos territorios; pues en Arica se termina la Campaña del Sur en la guerra de conquista que Chile emprendió contra el Perú. 

Estoy seguro que cada uno de Uds. tiene una respuesta a estas – tal vez - insolentes preguntas, cada uno de Uds. Tiene su propia opinión acerca de estas – tal vez – atrevidas reflexiones; pero si he logrado mover su conciencia hacia estos temas, entonces habré logrado el propósito de este discurso.

Sin embargo, a riesgo de ser desaforado, permítanme una cuarta y última interrogante:
¿Qué creen que pensaban los 1,700 peruanos que defendían la Guarnición de Arica en los días anteriores a la batalla?
¿Qué podría pasar por la cabeza de nuestros compatriotas en el morro, la semana anterior al 7 de junio?
Los invito a realizar un ejercicio mental: Pongámonos en la situación de los combatientes en el morro de Arica el 1 de junio de 1880. En esa fecha, conocían de la derrota en la Batalla del Alto de la Alianza, de la ocupación de Tacna, de la deserción del Ejército boliviano, conocían que los peruanos sumaban cerca de 1,700 hombres, de los cuales la mayoría eran los llamados “cívicos”, es decir ciudadanos recién enrolados durante la guerra, mal vestidos, peor equipados, con escasas municiones y medios, con mucho entusiasmo, pero muy poca preparación militar, no disponían de Unidades de Caballería, y su Artillería apuntaba al mar, no era la más adecuada para el combate terrestre; finalmente, conocían que eran la última fuerza peruana en el sur del país.
Sobre el enemigo, los peruanos sabían que al norte se encontraban 15,000 soldados chilenos en Tacna que le cerraban el paso; al sur 5,000 chilenos habían ocupado Iquique, al este 6,500 efectivos le impedían replegarse hacia los Andes, y al oeste tenían el mar y toda la escuadra chilena; es decir, estaban rodeados por mar y tierra, sin posibilidades de retirada, sin posibilidades de refuerzos, y sin ninguna alternativa viable de obtener una victoria ante la superioridad militar del invasor.

Imagínense que Uds. Se encuentran en esa situación. Seguramente estudiarían sus opciones:
·         Una: resistir lo más posible.
·         Dos: Rendirse, hasta encontrarse en mejores condiciones para seguir combatiendo.
En esas condiciones extremas, pensemos: ¿Por qué no se rindieron? No serían la primera unidad militar en el mundo que se haya rendido. La historia militar mundial registra casos de rendición:
·           Como cuando los musulmanes (Boaddil) se rindieron ante fuerzas españolas en Granada en 1492.
·           O como la célebre rendición de los defensores holandeses en la guarnición de Breda ante los atacantes españoles en 1,625; cuando las tropas holandesas  salieron de la ciudad, lo hicieron al paso de desfile, llevando sus banderas, uniformes y armas.
·           Así mismo, hubieron Unidades británicas que se rindieron, a las fuerzas rebeldes durante la Guerra de Independencia norteamericana; particularmente en Saratoga (General Burgoyne) en 1777, y en Yorktown (Lord Cornwallis) en 1781. Las fuerzas británicas que se rindieron fueron tratadas con respeto y caballerosidad.
·           Además, todos conocían de la rendición del Brigadier español Rodil en 1826, dos años después de la batalla de Ayacucho. Cuando Rodil y 400 famélicos realistas entregaron la Fortaleza del Real Felipe, fueron recibidos con honores militares por los patriotas.
Entonces, ¿por qué el Coronel Bolognesi y los defensores de Arica no se rindieron? ¿No creen Uds. Que esos Oficiales no pensaron en sus esposas, en sus hijos, en sus familias, en sus casas?
Yo creo que no se rindieron, porque ante tanta adversidad, ante tanta imprevisión, ante tanta mediocridad, ante tanta incapacidad y traición; alguien debía decirle al Perú y al mundo, que los peruanos somos un pueblo con dignidad, un pueblo con honor, un pueblo altivo y orgulloso. Y en esas tristes horas para nuestra Patria, alguien debía señalar el camino, marcar el rumbo, dar el ejemplo, e indicar que nuestro camino estaba signado por perseverar hasta el fin, por esforzarnos hasta el último aliento, por pelear hasta el último cartucho. Esa era nuestra única alternativa, rendirnos no era una opción.

Y esa gloriosa decisión, marcó nuestro proceder en el resto de la guerra: en San Juan, en Miraflores, en la campaña de la Breña, en Sausini y en Huamachuco, nunca nos rendimos; y luego de esta guerra, continuamos, y nunca las armas peruanas se han rendido, ni en la guerra con Colombia, ni en la guerra con el Ecuador en 1941, ni en el Cenepa, ni en el Cóndor, ni en el Proceso de Pacificación.
Y es que, como todos los Ejércitos, hemos tenido victorias y derrotas, pero nunca tuvo una rendición. Arica nos señaló el rumbo y los militares aprendimos la lección. Los militares peruanos jamás nos rendimos…

Creo que han sido suficientes interrogantes, suficientes reflexiones con motivo de la epopeya de Arica.
Finalmente, debo decirles que creo que los héroes de Arica, no se inmolaron para que les dediquen un discurso, no se sacrificaron para que calles y plazas lleven sus nombres grabados en bronce, no se sacrificaron para que les pinten un óleo, o les canten un himno, o les reciten algún poema, ni siquiera para que les escriban un libro. Creo que los héroes de Arica están por encima de todo ello.
Creo que lo que ellos buscaban, era que los tomemos como ejemplo, que sean nuestro modelo a seguir, que todos los peruanos luchemos hasta el último aliento por nuestra Patria. Ese sería el mejor homenaje que pudiéramos hacer a los héroes de Arica; el mejor homenaje que pudiéramos hacerles es tener hoy – en el momento presente – un país unido, integrado, fuerte, donde civiles y militares, políticos y ciudadanos, gobernantes y gobernados trabajen unidos y en armonía hasta el último aliento, y que, de ser el caso, peleen hasta el último cartucho, por un Perú más unido, más fuerte y solidario.

El mejor homenaje que hoy podemos dar a los defensores del morro, es decirles, desde acá que hemos aprendido la lección, y que ellos nunca serán olvidados, que su ejemplo será seguido y jamás serán olvidados.
Y sobre el olvido, permítanme narrarles lo que mi padre, alguna vez me dijo, más o menos en los siguientes términos: “Los militares tenemos  tres muertes, la primera sucede cuando nos dan de baja, la segunda es su muerte física; la tercera muerte de un militar sucede cuando lo olvidan, está es la última y definitiva muerte”. Por ello, nosotros decimos que Bolognesi nunca morirá, los defensores del morro nunca morirán, porque viven y vivirán eternamente en el pensamiento de todo buen peruano.
Y es que gracias a los defensores de Arica, somos un pueblo con honor, con dignidad, un pueblo que mira de frente, altivo y orgulloso, y que no tiene porque bajar la cabeza ante nada, ni ante nadie.

¡Honor y gloria al Coronel Bolognesi, a sus Oficiales y tropa!
¡Honor y gloria a los defensores del morro de Arica!
Y gracias a ellos, gracias a su sacrificio podemos decir:
¡Honor y gloria a nuestra Patria: el Perú!

                                Muchas Gracias.


viernes, 6 de junio de 2014

SOBRE EDUCACIÓN Y LEALTAD EN LAS FUERZAS ARMADAS



En los centros de salud de las Fuerzas Armadas, usualmente hay dos Directores: un Director General, que es un oficial de Comando y un Director Médico, que es un médico asimilado …y esto porque se considera que los oficiales no tienen la preparación de un médico para tratar los temas de salud; sin embargo, en los Centros Académicos no ocurre lo mismo; en ellos, un oficial de Comando es el Director y otro el encargado de la Formación Académica de los Cadetes o alumnos; en el caso de la Medicina se reconoce la ignorancia, pero en el de la Educación todos se consideran con conocimientos y autoridad, no sólo para opinar, sino para tomar decisiones que van a afectar el futuro de los educandos y dar órdenes “técnicas” a los profesionales de la Educación.
En algunos casos, se cuenta con profesores asimilados, muchos de ellos más preocupados por hacer notar el grado que tienen y sus condiciones de oficial, que en el desarrollo de sus actividades profesionales; incluso, les molesta que se les llame profesor o profesora, caminan con la nariz levantada, no contestan el saludo de “los civiles”. Y nadie parece darse cuenta que la Educación es tan importante como la Salud, pues tiene a su cargo la formación y el mantenimiento, no sólo de conocimientos, sino de valores personales y profesionales.
Todo el énfasis está dado en los conocimientos, muchas veces de temas que nunca se van a usar en la vida profesional y no existe la misma preocupación por la formación moral y ética de los cadetes o alumnos, que es lo que va a guiar su vida de Oficial o Técnico.
Otro tema que me preocupa es el de la Lealtad. Por lo general, existe la idea de que “Lealtad” y “Compañerismo” son sinónimos y que pase lo que pase, se debe cuidar y proteger al compañero sólo por eso, por ser mi compañero, al margen de su conducta o de que haya cometido una falta e, incluso, un delito.

A mí me enseñaron que la Lealtad es, en primer lugar, con la Patria a través de la Institución y que no debo permitir que ingresen o permanezcan en ella elementos negativos: flojos, rateros, mentirosos o que piensen en sus intereses personales por encima de los de la Institución. Apoyar la mala conducta de un compañero no es compañerismo, es complicidad y esto es más grave cuando las malas acciones  afectan a otras personas y, peor aún, cuando las personas afectadas están en proceso de formación, pues se pone en peligro el futuro.