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lunes, 12 de noviembre de 2018

La Fe, cura





A fines del siglo XIX, un peruano, Pedro Paulet Mostajo, diseñó una nave espacial, luego otras...pero los diferentes gobiernos del Perú lo mantuvieron siempre como diplomático y jamás apoyaron el desarrollo de sus ideas...de Paulet, se dice que “no fue profeta en su tierra”, pues, casi 70 años después, cuando el hombre llegó a la luna, el jefe del proyecto, el alemán Werner Von Braun, publicó un libro en el que dice que se debe considerar a Paulet como el padre de la navegación aeroespacial...
En el evangelio de ayer, 8 de julio, Jesús crea esta frase “nadie es profeta en su tierra”, aplicándola a sí mismo...e, inmediatamente después, leemos: “Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente.”
Desde niño, al escuchar o leer esta parte del evangelio, yo pensaba: ¿Cómo se le ocurre a san Marcos decir que Jesús, Dios, “no pudo” hacer allí ningún milagro?. En el capítulo 8,22-26, el mismo Marcos, escribe que, llegado Jesús a Betsaida, una de las ciudades a las que él mismo denominó incrédulas, le llevaron a un ciego y le pidieron que lo tocara. “Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera de la aldea...” y le curó; finalmente, “le envió a su casa, diciéndole: Cuidado con entrar en la aldea”...
Con el paso del tiempo, la lectura de la Biblia y las experiencias de la vida, creo que fui comprendiendo que el Señor nos trataba de transmitir la importancia de la fe y la oración comunitarias...la Iglesia somos todos, no uno solo...

En Internet, en http://forosdelavirgen.org/…/el-famoso-ministerio-de-sanac…/, he conocido la hermosa experiencia del padre Emiliano Cardif, canadiense, quien, por su exceso de trabajo se enfermó gravemente de tuberculosis pulmonar aguda. De regreso a su país, se confirmó el diagnóstico y fue internado en un Hospital especializado; los médicos le dijeron que, tal vez, en un año o más, podría regresar a su casa...

Nos cuenta el padre: “Un día recibí dos visitas muy peculiares. Primero llegó el sacerdote director de la Revista “Notre Dame”, quien me pidió permiso de tomarme una fotografía para el artículo: “Cómo Vivir con su Enfermedad”. Aún él no se despedía cuando entraron cinco seglares de un grupo de oración de la Renovación Carismática. En República Dominicana, me había burlado mucho de la renovación Carismática, afirmando que América Latina no necesitaba don de lenguas sino promoción humana, y ahora ellos venían a rezar desinteresadamente por mí.
Estas visitas tenían dos enfoques totalmente diferentes: el primero para aceptar la enfermedad; el segundo para recobrar la salud.

Como sacerdote misionero pensé que no era edificante rechazar la oración. Pero, sinceramente, la acepté más por educación que por convicción.
No creía que una simple oración pudiera conseguirme la salud. Ellos me dijeron muy convencidos:
- Vamos a hacer lo que dice el Evangelio: “Impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos”
Así que oraremos y el Señor te va a sanar.
Acto seguido se acercaron todos a la mecedora donde yo estaba sentado y me impusieron las manos.
Yo nunca había visto algo semejante y no me gustó.
Me sentí ridículo debajo de sus manos y me daba vergüenza con la gente que pasaba afuera y se asomaba por la puerta. Entonces cerraron la puerta, pero ya Jesús había entrado.

Durante la oración yo sentí un fuerte calor en mis pulmones.
Pensé que era otro ataque de tuberculosis y que me iba a morir. Pero era el calor del amor de Jesús que me estaba tocando y sanando mis pulmones enfermos.”
De inmediato se curó. Los médicos no se explicaban cómo pudo lograrse esto. “...de esa manera yo recibí en carne propia la primera y fundamental enseñanza para el ministerio de la curación: El Señor nos sana con la fe que tenemos. No nos pide más, sólo eso”...el resto de su vida fue un apostolado permanente en favor de la salud corporal y espiritual de todos quienes la habían perdido y acudían a él y a su grupo, guiados por la fe.

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